Sesión II  ·  25 de julio de 2026

El incendio del Almacén RealVetanegra · Sierra de Hierro

Donde se cuenta cómo reventó el fuego sin que nadie tocase campana, quién entró en él, quién puso orden fuera, y de los cinco embozados que escogieron muy mala hora para su oficio.

Primera parteEl estallido

No hubo aviso. Los que entraban en la Posada de la Plata y los que salían de ella sintieron exactamente lo mismo: un golpe de aire seco en el pecho que les descompuso el paso. Luego el estruendo. Luego los vidrios temblando en sus marcos.

Al poniente, por encima de los tejados, se levantó una columna de llama. El cielo, que hasta ese instante había sido negro cerrado, se llenó de un fulgor anaranjado que ondulaba como agua.

Beryl de la Moisson dejó su fardo apartado junto a la puerta y echó a correr sin preguntar qué ardía. Alejandro, que salía con un cigarro recién encendido en la mano y todo el buen humor de quien acaba de cenar la fabada de Fermina, se lo guardó y subió a pie por las calles angostas, dejando a Fugaz en la cuadra. Doña Serafina Raposo no corrió. Se llevó una mano a la boca, dio un paso atrás y mandó por delante a Genovevo, que a paso apresurado dobló la primera esquina y no volvió a vérsele en toda la noche.

Los soldados borrachos de la plaza, aquellos mismos a los que Beryl acababa de increpar sin provecho, soltaron cuanto tenían en las manos y corrieron hacia el fuego como si les fuera la vida en ello. Uno de ellos gritó una sola palabra: el almacén.

Segunda parteEl que entró en el fuego

Era una nave de piedra, grande como una catedral tumbada, adosada por su fondo al muro de la villa. El portón había salido volando entero de sus goznes y estaba en el suelo, casi sin quebrarse, con su postiguillo de peatones intacto. La fachada tenía un boquete. Al fondo, el techo se había hundido y ardía. Alejandro miró aquello, calculó y lo dio por perdido, que es lo que cualquier hombre en su sano juicio habría hecho. No había segunda puerta.

Beryl entró de todos modos.

Se cubrió la cara con la capa, tomó aire y cruzó el boquete sin decir su nombre, que de haber muerto allí lo habría hecho como bombero desconocido. A su izquierda, junto a la entrada, había un foco de humo negrísimo, más espeso y más oscuro que el resto, que en lugar de extinguirse se redoblaba a su paso y cerraba la vista de lo que tuviese detrás. Anotó que la salida por allí iba a ser cosa fea y siguió adelante.

Ochenta pasos de escombro. Una viga cayó delante de él con un golpe brutal y le dejó los oídos retumbando, y en ese mismo aturdimiento le pareció oír una voz. Podía haber callado y conservar el aire. Gritó.

¿Hay alguien ahí? He oído algo. ¿Quién es? Diga algo, que sepa dónde está. Beryl de la Moisson, vaciando los pulmones a cambio de una respuesta

Pagó el gesto con la primera bocanada de humo, que le abrasó el pecho por dentro. Al fondo, en lo que había sido una oficina, con el suelo y los postes ardiendo, un hombre yacía con una viga cruzada sobre el pecho y una pierna prendida. Beryl le echó encima la capa para apagarlo, sacó la viga de un solo esfuerzo que él mismo no se creyó, se lo cargó al hombro y salió mientras el techo se venía abajo a su espalda. Los de fuera vieron emerger de la nube negra a un hombre envuelto en llamas que cargaba con un bulto. Dejó el cuerpo en el suelo con cuidado y luego rodó sobre sí mismo hasta apagarse, sin esperar a que nadie lo hiciera por él.

Tercera parteLa voz que ordenó la cadena

Doña Serafina llegó la última y vio lo que los demás, con las prisas, no habían visto: gente corriendo sin concierto, cubos vertidos al azar por vecinos que se volvían a mirar el fuego esperando que pasara algo más, y ni un alguacil, ni un soldado, ni nadie con autoridad para poner aquello en orden. Habiendo cuartel en la villa y guarnición dentro de él.

Así que dio ella la voz. No como la habría dado una dama, sino como la habría dado un capitán, y la plaza entera volvió la cabeza. ¿Dónde está el pozo más cercano? ¿Dónde el abrevadero? Cubos mayores, los que haya. En hilera. Tú aquí. Tú aquí. Los niños fuera de en medio. Nadie sabía quién era ni de dónde salía, pero las órdenes eran fáciles de entender y más fáciles de obedecer, y en poco rato había una cadena que llegaba hasta la fachada y el agua empezó a correr. Los más fornidos se pusieron delante, que era donde quemaba.

Entre los del centro de la cadena iba un soldado joven, enjuto y de buen ver, que se había bajado de una taberna con más ganas de compañía que de incendio. Se cruzaron las miradas un instante. Ella se quedó con su cara. Él, con la de ella, aunque por otros motivos.

Cuarta parteCinco embozados y dos espadas

Alejandro se acercaba a la cadena para arrimar el hombro cuando notó que le tocaban el derecho. Habían salido de un portal, en silencio y muy bien, vestidos de oscuro y con la cara tapada. Cinco. Dos llevaban cuchillo.

Les dio la oportunidad de marcharse, aunque sin esperar a que la tomaran. Deteneos o vais a recibir. Lo que siguió lo vieron todos y no lo entendió casi nadie: dos pasos atrás, el chispazo de las dos hojas al cruzarse en el aire al desenvainar, un paso adelante, un codazo en la cara, un tajo en una pierna, un talón cortado y, sin mirar siquiera, la segunda espada hacia atrás y a través de un hombro. Tres hombres en el suelo antes de que el ojo alcanzara a seguir el movimiento.

Los otros dos, que tenían el cuchillo en la mano y por tanto la vergüenza de retirarse, se lanzaron. Uno se llevó un desaire, que Alejandro se apartó de él como quien esquiva a un borracho. Al otro le bastó un giro de muñeca en el brazo para dejarle quieto y preguntándose qué había pasado.

Entretanto Serafina señalaba desde la cadena y gritaba a los vecinos que aquellos malhechores no querían que se apagara el fuego, y que no se lo permitiesen. Un hombre soltó el cubo y fue. Detrás fue el soldado joven, que tiró un puñetazo honrado y erró de tan lejos que el embozado ni tuvo que moverse del todo. Alejandro cerró el asunto quitándole la mano a uno y clavando la espada en el pie del otro, por rematar la humillación. Después no se limpió la hoja en la ropa de nadie, que eso cuesta un dado dramático y él andaba ahorrando.

Quinta parteEl hombre de la viga

Al quemado le llamaban Damián. Una mujer salió de la cadena gritando ese nombre y llegó hasta él andando adelante y atrás, sin atreverse a tocarlo. Alejandro se arrodilló y vio lo que había: la espalda deshecha, la ropa fundida con la piel, quemaduras que aquí no tienen nombre y que en otro siglo llamarían de tercer grado. No hay hospital en Vetanegra. Hay una casa de curas, junto al cuartel, en la punta contraria de la villa. Se decidió llevarlo a casa de la mujer y hacer venir al médico, y entre vecinos trajeron unas parihuelas y lo movieron con más urgencia que tino.

Ninguno de los cuatro sabía todavía quién era aquel hombre. Eso vino después, y cambia bastante las cosas.

Sexta parteDe cómo llegó por fin la autoridad

Llegó cuando ya no hacía falta. Un señor entrado en años y en carnes, con siete hombres detrás de uniforme, apartando gente a voces. Alguien entre los vecinos murmuró: mierda, Manrique, y aquello valió por una presentación. El uniforme no era el del ejército del rey, sino el de la villa, con su banda negra y su río cruzados en el escudo.

Quiso culpables antes que preguntas. Alejandro se le puso delante y le contestó que si hubiera estado allí cuando se le necesitaba tendría ya todas las respuestas, y se ganó que lo apartaran de en medio como al pijo que aquel hombre creyó ver. Lo apartaron con buenos modos, todo sea dicho, porque llevaba dos espadas y cinco hombres sangrando alrededor.

Entonces habló doña Serafina. Se presentó, contó lo sucedido con orden, dejó a Beryl y a Alejandro del lado correcto de la historia, y añadió que habría esperado encontrar allí a los oficiales de la villa, pero que como no había ninguno dio ella un paso adelante. Explicó también a qué había venido a Vetanegra: a organizar un acto benéfico en favor de los heridos de la guerra y los huérfanos de la comarca, enviada por cierta señora de Ávila. Lo dijo mirando a los ojos, que es como lo dice todo.

Manrique tragó, se lo pensó y se rindió con cortesía. Se presentó como Pero Manrique, alguacil de Vetanegra, se disculpó por los modos, dijo que aquellos eran todos los hombres que tenía y que la guarnición llegaría de un momento a otro. De los caídos reconoció a dos: a ti te conozco. Y a ti también. A vosotros no os conozco. Se los llevó al calabozo por incendio, que fue la primera conclusión que se le ocurrió y también la más cómoda.

Séptima parteLo que se supo en la posada

El almacén ardería toda la noche. No había nada que salvar, sólo que impedir que el fuego saltara al muro y a las casas vecinas. Más tarde se supo que allí dentro se guardaba pólvora, cosa que a nadie sorprendió después del golpe de aire en el pecho.

De vuelta en la Posada de la Plata, Genovevo esperaba a su señora con una coartada impecable: había ido a buscar al alguacil precisamente para que le ayudase a buscarla a ella. Traía dos habitaciones y noticias de lo bien que se come allí. Doña Serafina pidió un baño. Alejandro la acompañó de vuelta, se presentó como es debido y quedó en verla al desayuno, que en una posada no compromete a nadie.

Y luego se quedó hablando con Casilda, la posadera, que se acuesta tarde con tal de que alguien le dé conversación. De ella salieron los nombres que faltaban.

Que aquello era el Almacén Real. Que el hombre de la viga es Damián Villalobos, ensayador jefe de la fundición de plata: el que pesa, registra, funde y marca el metal que baja de las minas, y el que responde de que cada libra lleve el sello del rey y quede contada. Que en el almacén hay una oficina donde se llevan los registros. Que no es raro que estuviese allí, aunque a esas horas sí lo sea un poco. Que es buen hombre, dedicado, muy querido, y que en Vetanegra manda la plata y por tanto se estima al ensayador.

Casilda habló también de la guarnición, que cuesta reclutar y no promete gran porvenir, y de los carteles de reclutamiento, que ya son otra cosa. Y del capitán Rafael Serrano, que también vino de fuera, hombre cabal, con seso y con honra, y que si alguien puede enderezar aquello es él. De Manrique dijo menos, y con eso dijo bastante: es la tercera generación de su familia en el oficio, no pasó por selección alguna, y le tiran más los guisos de Fermina que la ley.

Octava parteAl romper el alba

Con el sol llegaron los soldados del rey, uniformados y en formación, a sumarse a un esfuerzo que llevaba toda la noche sin ellos. En ningún momento sonó un toque de alarma. Nadie despertó a la villa. La villa se despertó sola, a gritos de unos a otros.

Beryl volvió a la posada cuando el fuego estuvo dado por controlado, buscando su fardo. Lo que encontró fue a los del desayuno poniéndose en pie y a los del lugar diciéndose unos a otros que ése es, ése es el que sacó a Damián. Pidió por favor que no le llamasen así. Perico, el mozo, le llevó a un cuarto que él no sabía que tenía: cama con dosel, ventana, y una bañera de patas junto a la ventana, que es más lujo del que ha visto en su vida. Su fardo estaba a los pies de la cama, con la documentación intacta.

Rechazó el baño. Pidió una palangana y un trapo limpio, se lavó, se vendó las quemaduras y se echó a dormir vestido, encima de la cama, para no manchar la ropa buena. Antes de salir, el mozo se volvió desde la escalera y le dijo otra vez: héroe.

Beryl de la Moisson · Serafina · Alejandro

Crónica de la segunda jornada  ·  Vetanegra, Sierra de Hierro
Sesión II  ·  25 de julio de 2026