Sesión IV · 5 de septiembre de 2026
El soldi de la espada de maderaVetanegra · Sierra de Hierro
Donde se cuenta cómo tres forasteros cruzaron juntos la puerta del cuartel, quién era el capitán que llevaba un año esperando a uno de ellos, de una espada de madera que hizo reír al patio y luego dejó de hacerlo, y de un florete que resultó ser zurdo.
Volvieron Beryl de la Moisson y Alejandro a la posada con la noche ya cerrada y con una noticia que no sabían cómo dar: que Damián Villalobos vivía, en casa de una tal Serafina, y que vivía mal. Serafina, que a esas horas seguía trabajando sus rumores desde la mesa del salón como quien no hace nada, lo recibió sin sorpresa. Estaba muy mal herido. No podía decir que la sorprendiera. Y en cuanto a que hubiera otra Serafina en la villa, tampoco le pareció nombre tan raro como para no tropezarse con alguna de vez en cuando.
Amaneció el soldi, y con él la posada entera puesta en pie, que el soldi es día de trajín. Fermina sirvió churros con chocolate y torreznos, a elegir o a no elegir, y en torno a esa mesa, que ya es costumbre que nadie quiera perderse, se tomó la decisión del día: irían al cuartel los tres juntos. Alejandro, a alistarse, que para eso había cruzado media Castilla. Beryl, a presentar de una vez su carta ante alguna autoridad que quisiera leerla. Serafina, por preocupación, dijo, y por conocer al comandante de la plaza, que a una benefactora le conviene saber con quién trata.
Supieron también, porque las tres cabezas juntas saben de leyes lo que una sola no, que en Vetanegra quien viene a quedarse ha de inscribirse en el registro de vecindad, con su nombre, su motivo y un vecino que responda por él; y que ese asiento hace las veces de documento en una villa donde nadie lleva otro. Serafina no lo tuvo por urgente. Ya lo haría Genovevo cuando tocara. Lo que ella quería del corregidor no era un escribiente, sino una audiencia.
Beryl bajó con todo su equipo a cuestas, decidido a no volver a dormir en la posada, y quiso pasar por la cocina a despedirse de Fermina. No le dejaron entrar. Hay puertas en Vetanegra que no se abren ni para el héroe del incendio.
La pared de los carteles
Bajaron por la villa hacia el cuartel, dejando a mano izquierda, en la esquina sureste de la plaza, la corregiduría, y llegaron a la oficina de la guarnición, que no es la puerta del cuartel sino otra, como ya les habían enseñado el día anterior a base de paciencia. En la pared de fuera había carteles. Serafina, que mira las paredes como otros miran las caras, se detuvo en ellos. Estaban los de recluta, y entre ellos uno que Alejandro reconoció al instante, porque era el mismo que había leído en su tierra y que probablemente llevaba todavía doblado entre su ropa. Y había otro, de los de se busca, con tres retratos distintos y un solo nombre debajo de los tres, que no era el nombre de ninguno de ellos sino el de todos: los sin bandera.
Tres caras y un nombre común. La guarnición, por lo visto, ya tenía identificados por lo menos a tres de esa gente que la sierra llama así, y quería encontrarlos. Serafina se guardó el detalle donde guarda los demás.
El juramento
Dentro, un escribiente con más papel que ganas tomó el alistamiento de Alejandro con la solemnidad justa. Nombre: Alejandro Francisco Javier de Torreblanca y Altamirano. Natural de Torreblanca de Soldano. Mayor de edad, soltero, sin hijos. Oficio: espadachín, de la escuela Soldano. Causas pendientes: ninguna. El hombre sacó entonces una hoja que tenía al lado, se puso un poco más derecho y leyó de corrido: si accedía a servir a Su Majestad el Rey Sandoval hasta las últimas consecuencias, a no poner en duda las órdenes recibidas ni la vida de sus compañeros por encima de aquellos a quienes servía, ni interés privado alguno por encima de los de la Corona y las gentes de Castilla. Alejandro accedió. Firmó. Y así, entre un tintero y una pared de carteles, fue soldado del Rey.
Beryl entregó su carta. El escribiente la miró, la subió a alguien, y volvió con la respuesta de que no estaban seguros de que aquello fuese cosa suya, que quizá fuera de la corregiduría, pero que avisarían al capitán. Avisaron. Y por la puerta del fondo salió un oficial joven, delgado, con el uniforme más cuidado que habían visto en Vetanegra, que se presentó como Jaime de Miguel, para servirles, y que no cabía en sí. Habían oído cosas excelentes del señor de la Moisson. El señor Serrano llevaba esperándolo con ansia. Le besó la mano a Serafina como corresponde, tomó a los tres bajo su cuidado y los llevó cuartel adentro sin que nadie, en ningún momento, preguntara qué hacía allí la señora.
El cuartel por dentro
Jaime de Miguel iba explicando el sitio mientras caminaba a la altura de Beryl, que es donde un hombre educado camina cuando acompaña a alguien importante. El cuartel es un fuerte: un recinto amurallado con la entrada en alto, escaleras que suben contra el muro y sirven de puestos de defensa, y una avenida interior que va a dar a los campos de prácticas. A los lados, los barracones, con mandos y tropa mezclados, que aquí no hay sitio para separarlos. Hay un polvorín sin una sola ventana, guardado día y noche por los mejores de la casa, y la armería al lado, por razones que no hace falta explicar. Hospital no hay: hay enfermeros de campaña, y la casa de curas está justo al otro lado del muro. Al fondo, de cuando en cuando, sonaba un mosquete.
Y en medio de todo aquello, la oficina y residencia del capitán: dos plantas, una antesala con bancos acolchados y dos guardias en la puerta, y una cosa que le llamó a Serafina la atención antes que ninguna otra, porque en un cuartel todo se cierra con madera y hierro: ventanas de cristal. Era el único edificio de todo el recinto que las tenía. El cristal no es raro; es caro, y es frágil, y sólo se lo pone quien se considera a salvo o quiere tener vista. A la vista había, calculó, cerca de un centenar de hombres.
«Soy Rafi»
Salió a recibirlos un hombre de treinta y pocos años que aparentaba más: curtido de campaña, gris antes de tiempo, con un uniforme limpio y remendado por manos que no eran de sastre. Miró a Beryl, se le fue la compostura, y lo abrazó. ¡Maestro! Beryl no lo reconoció. No lo reconoció hasta que el otro se echó un poco atrás, lo agarró por los hombros y le dijo: Claro, maestro, soy yo. Soy Rafi.
Rafael Serrano había salido de la escuela de Beryl hacía muchos años con una espada de madera que el maestro le regaló al marcharse, y que todavía guardaba, poco usada, porque aquí están más de moda los floretes y las hojas ligeras; pero de vez en cuando, cuando había tenido que dar una lección, le había servido bien. Volvió al frente, ascendió, y acabó presentándose voluntario para Vetanegra, donde llevaba ya algo más de un año. Había pedido permiso a la Corona para hacer venir a su antiguo maestro, y la Corona se lo había dado: eso era la carta con el sello real. Quería que instruyera a su tropa. Beryl aceptó, con alojamiento y paga, sin que nadie hubiera hablado todavía de cifras. A Alejandro, el capitán le dio la bienvenida con una franqueza que no esperaba: lo tratarían como a un igual, y era, le dijo, la primera vez que uno de sus carteles surtía efecto.
Fue Beryl quien sacó lo de los soldados borrachos de la primera noche, los que le habían faltado al respeto en la plaza mientras el almacén reventaba. Serrano no sabía nada. Miró a Jaime de Miguel, que tampoco. Se investigaría. Pidió nombres, y no los tenían. Serafina, por su parte, no quiso dejar pasar la ausencia de la guarnición en el incendio, y el capitán le contestó con la seriedad de quien lleva días contestando a lo mismo: que no había sido cosa de azar, que en aquel preciso instante, por los designios que fueran, la mayoría de sus hombres no estaban dentro de la villa, y que en cuanto pudieron se sumaron todos al esfuerzo. No era algo de lo que estuviera contento. Pero sepa, por favor, que no fue por desidia, sino por deber. Serafina lo miró como ella mira, y no encontró en él nada que no pareciera sincero.
La palestra
Los llevó al patio. La tropa estaba entrenando, manchada de arena y de polvo, y el capitán los presentó a su manera: aquél era su maestro, y no sabían la suerte que tenían, panda de vagos sin talento. Alguien, al fondo, dijo gabacho. Serrano ni se volvió: sí, era montaignés, y había hecho más por Castilla que ninguno de ellos. Serafina, mientras tanto, había reconocido entre las caras a dos de la plaza de aquella noche, y le preguntó a Jaime de Miguel cómo se llamaban. No señalaba a nadie, y Jaime no pudo saber por quién preguntaba; pero le ofreció un apellido, uno solo, sin que ella lo hubiera pedido: Cifuentes. Él también había oído lo de gabacho, y sabía perfectamente por qué preguntaba la señora.
Beryl pidió la espada de madera. Se rieron de él, y él dejó que se rieran. El primero en salir fue un flaco mal peinado con un ojo medio cerrado, el mismo que le había faltado al respeto en la plaza y que, a diferencia de Beryl, no se acordaba de nada. Beryl lo desarmó. Le devolvió la espada. Lo desarmó otra vez, y se la volvió a devolver. A la tercera la mandó por el suelo, y le dijo, para que lo oyera el patio: La calma es el principal arte del espadachín. Un sargento lo retiró.
Entonces salió Fermín. Un hombre enorme, con una melena rizada de Sansón y una voz que salía de un pozo, de lo mejor que tenían, según el capitán, que a esas alturas se había hecho traer una bolsa de pipas y se las comía mirando. Aquello ya no era una lección: era un combate. Beryl le entró rápido y le dio en la cadera; Fermín, enfadado, se le vino encima con todo el peso y le arreó un golpe que habría tumbado a un caballo, y Beryl hizo entonces lo que nadie en el patio había visto hacer a nadie: se dobló hacia atrás hasta donde un cuerpo no debería doblarse, dejó pasar el golpe por encima, y al enderezarse le partió la espada de madera en la frente. Fermín cayó sin conocimiento. Se lo llevaron a la enfermería. El patio había dejado de reírse. Beryl fue a ver cómo estaba.
Le tocó a Alejandro, que pidió que salieran de cuatro en cuatro, y el capitán, entre pipa y pipa, les prometió dos días de permiso a los que lo hicieran. Luisma, Jesusín, Ramiro y Valcárcel se pusieron en guardia. Alejandro giró sobre sí mismo con las dos espadas, como enseñan en Soldano, y cuando paró de girar tres de ellos estaban desarmados. Valcárcel, que era el que quedaba en pie, buscó con la mirada al capitán, y se rindió. Jaime de Miguel, a media voz, le juró a Serafina que normalmente el capitán no era así. Serrano, por su parte, tenía su teoría: si podía mandar a uno a la enfermería y motivar a diez, salía a cuenta.
Y entonces se adelantó Merino, que era uno de los que había estado instruyendo a los demás. Guardó la espada, la volvió a sacar, se llevó el florete a la frente y saludó. Alejandro le correspondió. Merino adoptó la postura clásica, con la mano libre a la espalda, la de los grabados, la de la escuela de Aldana; y aquello sí fue un duelo. Alejandro tardó un momento en darse cuenta de por qué las cosas no le salían como debían: el hombre era zurdo, y no lo había avisado. Se llevó un corte sobre las costillas. Merino, dos. Y con el segundo, maltrecho, guardó el acero, se llevó la mano al costado y lo reconoció como vencedor. Seguiré practicando para que nos volvamos a batir. Pero ha sido un honor. Se retiró junto al sargento, y todos se quedaron mirando al capitán.
A puerta cerrada
En el despacho, con la puerta cerrada y las pipas ya lejos, Rafael Serrano volvió a ser el que era: un capitán con problemas de moral y de disciplina en una plaza que no le da hombres, que necesita gente a la que su tropa pueda respetar. Ofreció aposentos y uniforme a los dos. Serafina, a la que también le ofrecieron lo que quisiera pedir, contestó que su amistad sería suficiente, y quedaron en un almuerzo en la posada, un día de éstos. Residir en el cuartel no era obligatorio, pero Alejandro decidió que dormiría con el resto de la tropa, y que de vez en cuando se pasaría por la posada a comer, para recuperarse de la comida más mundana del cuartel; llamarla mundana, antes de haberla probado, fue quizá lo más optimista que dijo en todo el día. Beryl tendría aposento propio y una paga, y dijo que prefería dormir en los barracones, con los chavales, para que lo vieran como a uno más. El capitán le dijo que durmiera donde le gustara el olor a pies, pero que el maestro espadachín iba a tener su alojamiento y su paguita, y que lo que hiciera con los doblones era cosa suya.
Antes de dejarlos ir, Serrano se puso solemne con Serafina. Cualquier cosa que viera en su guarnición que no estuviera a la altura, que no fuera digna de representar al Rey, quería saberla. Que no dudara en hacérselo saber. Y que tuviera cuidado: últimamente habían tenido algunos problemas, como bien sabían, y odiaría que se viese afectada por ellos.
Era mediodía. Alejandro era soldado, Beryl era maestro, y Serafina tenía permiso para mirar. Aquí lo dejamos.
Beryl de la Moisson · Serafina · Alejandro
Crónica de la cuarta jornada · Vetanegra, Sierra de Hierro
Sesión IV · 5 de septiembre de 2026