Sesión III  ·  14 de agosto de 2026

El voltadi de las puertas cerradasVetanegra · Sierra de Hierro

Donde se cuenta cómo la fama se pega a quien nunca la pidió, quiénes son los cuatro señores que se disputan la sierra, cómo un guardia negó su nombre y dio en cambio un aviso, y de la otra Serafina, que fue la única en abrir su puerta.

Amaneció Vetanegra en voltadi, y con el voltadi llegó la primera prueba de que la fama, cuando se gana en mitad de un incendio, no se puede ya desprender uno de ella. Bajó Beryl de la Moisson las escaleras de la posada camino del desayuno, y no había puesto los dos pies en el salón cuando ya media sala se había vuelto a mirarlo. Algún tímido rompió a aplaudir primero, y el resto, sin saber bien por qué pero sabiendo bien por quién, le siguió el paso. El héroe del incendio, iban diciendo unos a otros, y Beryl, que jamás pidió el título, hizo lo que pudo por apaciguar los vítores con la modestia de quien no sabe qué hacer con un aplauso.

Serafina, ya sentada a su mesa, lo celebró también, a su manera comedida, que no lo era menos por comedida: había visto de cerca lo que había hecho, y esa clase de aplauso no necesita ruido.

Los cuatro dones

Sobrevino después, entre el caldo y el pan con manteca, la primera lección seria de geografía humana que recibieron en Vetanegra. Genovevo, que a estas alturas ya se había ganado el derecho a sentarse un rato con la señora sin tener el cigarro en la mano, fue el encargado de explicar quién es quién en la comarca. Existen, dijo, cuatro dones que se disputan la Sierra del Hierro, y ninguno se parece al otro.

Está, el más antiguo, Esteban Vallarta, del Rancho Vallarta, minero desde siempre y orgulloso de serlo, que da por sentado que la primacía es suya solo por llevar más tiempo que nadie sacándole plata a la montaña; los suyos agotaron en su día el Pozo Viejo y trabajan ahora el Socavón Hondo, que es mina mayor. Está Doña Inés Perales, del Rancho Perales, el más cercano a la villa, la única dama entre los cuatro, viuda de Don Rodrigo, que desde su muerte lleva ella sola las minas que se suponía debían llevar un hombre; y aunque el pueblo le dedica lástimas por ello, Serafina supo escuchar, entre líneas, que a la señora se la respeta más de lo que se admite en voz alta. Está Don Baltasar Reyes, del Rancho Reyes, el más nuevo de los cuatro, asentado en el valle sur donde los pastos son pobres y los caminos inseguros; compró su título hace no tanto y encontró después, como quien tropieza con la fortuna, una veta que ha dado más de lo que nadie esperaba y ha generado envidias, y de él se cuentan ya las primeras habladurías, alguna generosa y otra bastante menos, sobre cómo llegó a hacerse con ella. Y está, por último, Don Alonso de Grijalva, el que menos se deja ver y del que menos se sabe.

De este último, sin embargo, corre por la comarca un detalle que cualquiera que haya preguntado conoce: Don Alonso no está en tierras suyas, sino alojado en casa de Vallarta, y lleva allí ya un tiempo. Nadie sabe decir por qué. La gente habla mucho y acierta poco. Pero conviene saber que entre estos señores, que se disputan la misma riqueza y que por lo común no se quieren ni ver las caras, el que uno hospede a otro bajo su techo durante semanas no es cosa corriente, y algo querrá decir. Quien vaya al Rancho Vallarta, en todo caso, tendrá ocasión de encontrar a los dos de una sentada.

Hay además una cosa que Alejandro sospecha, porque así funciona la alta sociedad en todas partes, y que Serafina sabe de cierto: ninguno de estos señores vive en Vetanegra, ni pisaría Vetanegra si pudiera evitarlo. Pasan la mayor parte del año en sus ranchos, a días de camino, pero casi todos mantienen además casa en Ávila. Allí es donde se celebran las grandes fiestas y los actos del rey; allí, y no en la casa de uno o de otro, es donde estos señores se tratan entre ellos. Concertar audiencia con cualquiera de los cuatro es, por tanto, cosa de mandar correo y esperar.

Con esos cuatro nombres en la cabeza, y con la carta de recomendación que ya llevaba escrita para uno de ellos, Serafina empezó a hacerse una idea de por dónde tendría que tirar el hilo.

Se habló también de la carta real de Beryl. No la firma el rey, sino un secretario de la Real Chancillería, y Serafina, haciendo memoria de lo poco que se sabe de esas cosas fuera de la corte, cayó en un detalle que no es menor: no hay varios secretarios de la Chancillería, sino uno solo en toda Castilla. El nombre, sin embargo, no le vino. Habría que estar más metida en el sistema para eso.

La villa de día

Pasado el almuerzo, la compañía se separó por la tarde, cada cual detrás de su propio asunto. Beryl propuso un paseo por el pueblo; Serafina lo dejó para más tarde, y puso condición de contar con su compañía para la cena.

Antes de salir subió a su cuarto. La nota para solicitar audiencia a Don Baltasar Reyes no quiso dictársela a nadie: la escribió de su puño y letra, la cerró y la lacró para que nadie pudiera leer el contenido, y se la puso a Genovevo en la mano. La otra carta, la de presentación, no viaja por correo: ésa se entrega en mano, y no antes de tiempo.

Volvió Genovevo con las cuentas hechas, que para eso está. Hacia los ranchos sale correo privado cada dos días, si se paga; y hay correo público, gratuito, una vez por semana. Serafina no lo dudó: llegar tarde por ahorrar no le pareció digno del papel que representa. Se ofreció el criado a mirar si había servicio especial para que saliera ese mismo día, y ella dijo que no era para tanta prisa. Saldrá mañana. Con un par de días de camino a caballo en cada sentido, la respuesta tardará lo que tenga que tardar.

Sólo después salió, del brazo de Genovevo, a conocer Vetanegra a la luz del día, que es una villa bien distinta de la que se ve de noche o entre las llamas. Vio soldados yendo y viniendo en mayor número del que había reparado antes; vio un barrio de edificios de gobierno hacia el sur, y vio, muy cerca de la posada, el Café de la Sierra, donde la gente de posibles toma su café sentada en la calle, un lujo que solo se permite quien puede permitírselo todo. Iba además con un ojo puesto en otra cosa: si de veras ha de organizarse aquí un acto benéfico, hará falta un local donde celebrarlo, y conviene saber de antemano qué ofrece el pueblo. Vio también, y no lo pudo evitar, la otra cara de Vetanegra: tullidos, mendigos, gente que vive de hacer malabares por una moneda, y gente que directamente vive en la calle.

De las conversaciones que fue trenzando por el camino sacó tres rumores sobre el incendio del Almacén Real: que ardió con él la pólvora que guardaba dentro; que ya se detuvo a los responsables y que no se espera de ellos nada bueno; y que hubo un temerario que se metió en las llamas y sacó a alguien de dentro con vida, aunque nadie, todavía, le sabe el nombre completo. Genovevo, siempre resolutivo, aprovechó la tarde para arrancarle a la posada un precio especial que ahora cubre también el cuarto de Beryl, aunque de esa negociación en concreto Serafina solo tuvo noticia después, de su propia boca.

La fundición y la casa vacía

Beryl y Alejandro, por su parte, se echaron a buscar al ensayador. Alejandro era el único que llevaba el nombre completo, que Casilda le había dado la misma noche del incendio: Damián Villalobos, ensayador jefe de la casa de fundición. A Beryl le llegó el nombre de pila de oídas, en la conversación, y así fue Alejandro quien tomó la delantera y salió a preguntar por él a la calle. Dieron primero con la fundición, un edificio de piedra sólido y muy vigilado aun siendo voltadi, con soldados en la puerta y carretas esperando turno. Cerca de allí, en un portal estrecho de fachada blanca, encontraron lo que debía de ser la casa de Damián: no tenía escudo propiamente dicho, pero sí una placa familiar con un lingote grabado, sobria y bien hecha, como corresponde a quien pesa y marca la plata del rey. Llamaron. Nadie respondió. La casa, como cabía esperar de un hombre que desde la noche anterior yace convaleciente en otro sitio, estaba vacía.

De camino probaron también en la casa de curas, que a diferencia de todo lo demás sí estaba abierta, porque el saber de la sanación no se guarda tras puertas cerradas ni siquiera en voltadi. Pero abierto no es lo mismo que franco. Había más ir y venir del que cabía esperar de un edificio en día de guardar: gente entrando con brazadas de ropa limpia, gente saliendo deprisa con los cestos llenos, y nadie con ganas de pararse a conversar.

Beryl asomó la cabeza por el umbral sin llegar a cruzarlo. Salió a atenderle una hermana muy joven, de diecinueve o veinte años recién cumplidos, que se quedó de pie en el vano y no se apartó en ningún momento. Preguntó él por Damián Villalobos, el quemado de la noche anterior. Ella no conocía el nombre: habían empezado a llegar heridos desde la noche misma, con quemaduras de muy distinta gravedad, y a muchos ni se les había preguntado cómo se llamaban. Beryl se lo describió — la espalda fundida con la ropa, una pierna destrozada, negro de hollín de arriba abajo — y ella negó con la cabeza. A nadie así tenían. Pobre infeliz.

Y después, con mucha cortesía y ninguna intención de moverse del vano: que ahora mismo tenían las manos llenas, y que si tuvieran a bien volver más tarde. No dijo con qué las tenían llenas, y no se lo preguntaron. Ya de espaldas, Alejandro reparó en una cosa menor: los paños que sacaban en aquellos cestos no iban tiznados de hollín, que es lo que deja el fuego, sino empapados de otra cosa.

Probaron por último, junto al cuartel, en la oficina de Germán, el enterrador, y encontraron la puerta con un candado y a nadie dentro que respondiera. Dieron por supuesto que sería cosa del voltadi, como todo lo demás aquel día, y no le dieron más vueltas.

La puerta del cuartel

Quedaba, por descontado, el cuartel de la guarnición, y allí fue Beryl con su carta real, decidido a presentarse ante alguna autoridad como sus órdenes mandaban. Lo recibió un único guardia en la puerta. Era voltadi, le dijo, y no se abre al público hasta el soldi por la mañana; y le señaló acto seguido hacia dónde caía la oficina de la guarnición, que no es aquella puerta sino otra. Como Beryl insistiera, le fue indicando también el resto: allá caía la parroquia, más allá la corregiduría, y si lo que quería era que lo detuvieran, para eso estaba el alguacil.

Beryl le pidió entonces su nombre, y el guardia se lo negó: no era asunto suyo. Sin que nadie se lo pidiera, añadió un consejo: que no anduviera haciendo esa clase de preguntas a los otros hombres de la guarnición, porque él tenía mucha más paciencia que la mayoría de sus compañeros.

Beryl siguió insistiendo, y siguió insistiendo en aquella puerta. Se le fue notando al guardia la incomodidad, cada vez más visible, de tener plantados en la entrada de un cuartel cerrado a dos hombres armados que no se marchaban. La carta del rey no llegó a salir del bolsillo; solo se mencionó de palabra, y ya al final. El guardia se llevó la mano a la empuñadura de la espada y pidió, esta vez sin cortesía ninguna, que no le hicieran insistir.

Fue Alejandro quien se interpuso a tiempo, templando los ánimos con la promesa de volver al día siguiente, cuando la villa abriera de verdad sus puertas. Se marcharon sin nombre, sin audiencia y sin haber adelantado nada, salvo aquel aviso sobre el resto de la guarnición.

La otra Serafina

Frustrado el cuartel, Beryl y Alejandro volvieron a las ruinas del Almacén Real, todavía acordonadas, humeando todavía desde la noche, con una docena de soldados impidiendo que nadie se acercase por si le caía encima una viga. Preguntando entre la gente que allí se arremolinaba, uno del corrillo reconoció a Alejandro al instante: el de las dos espadas, dijo, el que les dio para el pelo. De Beryl, en cambio, nadie sabía el nombre, hasta que otro cayó en la cuenta y contó que él lo había visto desde la Puerta de María José salir de entre las llamas cargando con un hombre a cuestas. Un chalado, sentenció, con todo el cariño que cabe en esa palabra en esta parte del mundo, y quiso que todo el pueblo lo conociera.

Fue uno de aquellos vecinos, un tal Coto, quien se ofreció a resolverles la duda de una vez: que estaba a dos calles, dijo, y que iba y volvía con el parte. Echó a andar sabiendo perfectamente adónde, y los guio cuesta arriba, por callejas adoquinadas donde no ha subido un caballo en su vida y por las que hubo que cargar con el herido la noche antes.

Se detuvo ante una casa humilde como tantas otras y llamó él mismo a la puerta. Abrió una mujer que lo saludó por su nombre, con la llaneza de quien lo ve todos los días: Coto, ¿qué quieres? Era ella, para regocijo general y ligera confusión de la mesa, quien también se llama Serafina; Serafina la de Pascual, como aquí se la conoce. Ella fue quien decidió, la noche del incendio, hacerse cargo de Damián, y desde entonces lo tiene en su casa, mal, pero vivo, con su señora y su niño dentro acompañándolo. En lo que va de día lo ha visitado ya cuatro veces un médico venido de Ávila, cuñado de Pascual, que cobra bien pero que sabe lo que hace y que no tiene nada que ver con la casa de curas.

Salió al umbral y cerró la puerta a su espalda antes de bajar la voz. Bien no está, les dijo. No le han quitado siquiera la ropa. A Beryl lo recibió con particular gratitud: si Damián sigue con ellos, dijo, es por él. Alguien sugirió la miel como remedio para las quemaduras; la buena Serafina, con la autoridad de quien lleva desde el alba cambiando vendajes, lo descartó sin contemplaciones. Y Beryl, antes de marcharse, le dio la mano a Coto y le agradeció por su nombre lo que ninguna vuelta por el pueblo había conseguido en toda la tarde.

Y con eso se hizo tarde, y volvieron a la posada, donde ya se ponía en marcha el servicio de cenas. Había cordero asado. Aquí lo dejamos.

Beryl de la Moisson · Serafina · Alejandro

Crónica de la tercera jornada  ·  Vetanegra, Sierra de Hierro
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