Sesión I · 11 de julio de 2026
Los caminos que llevan a VetanegraSierra de Hierro
Donde se cuenta cómo tres desconocidos hicieron el mismo camino sin saberlo, cómo se partió una rueda que no debía partirse, cómo la villa les negó de noche las camas que les había prometido, y de los veinte pasos que aún los separaban cuando algo estalló muy cerca.
El camino
Beryl de la Moisson
Once o doce días de viaje desde Fresnillo, cruzando media Castilla en las diligencias de El Servicio Real. El norte quedó atrás, después Peñaflor, después los caminos largos del interior. Doce días de traqueteo que le han dejado el cuerpo molido y la certeza de que este mundo de salvoconductos y postas oficiales no es el suyo.
En Ávila, la estación resultó ser un lugar de una elegancia incómoda: comida y bebida gratuitas para quien viaja por cuenta de la Corona, criados atentos, viajeros de mejor cuna. Beryl se sintió fuera de sitio y aun así le sacó el mejor partido posible. El cochero que lo había traído desde el norte ya le había avisado de que en Ávila solía haber cambio de conductor. Así fue. La salida quedó fijada para las seis de la tarde, con un cochero nuevo y, esta vez, con dos escoltas armados.
Serafina
En la misma estación esperaba una viuda de buen porte acompañada de Genovevo, su criado, que se movió con eficacia entre los mostradores hasta averiguar lo mismo: seis de la tarde, destino Vetanegra.
La diligencia
Solo tres pasajeros para todo el trayecto: Beryl, Serafina y Genovevo. El cochero les advirtió de que rodarían de noche todo lo que la mula aguantase, porque el camino tiene mala fama y conviene no detenerse más de lo justo. Cuando alguien preguntó por qué, la respuesta fue evasiva y desagradable: de noche, en esos montes, hay cosas que acechan.
Pararon una vez en el camino. Hubo tiempo de conocer al cochero y a los dos escoltas, de intercambiar unas palabras y de medirse mutuamente, como hace la gente que va a compartir muchas horas de traqueteo.
La rueda
un accidente que estuvo a punto de ser mucho peor
Ya en marcha, una rueda cedió de golpe. La diligencia estuvo cerca de volcar. Nadie resultó herido, y hubo suerte: uno de los escoltas resultó ser carpintero de oficio y se ofreció a repararla. Entre todos arrimaron el hombro y el desastre se quedó en día y medio de retraso.
Mientras ayudaba con la reparación, Beryl vio algo en la madera rota que no encajaba con el desgaste ni con el mal camino. Aquella rueda no se partió sola. Alguien la había preparado para que se partiera.
No se lo dijo a nadie.
La llegada
Entraron en Vetanegra ya de noche cerrada, con día y medio de retraso. La villa no los recibió bien: calles oscuras, portones cerrados, esa sensación de haber llegado a un sitio que ya se había ido a dormir sin ellos.
En la Posada del Camino Real, donde tenían plaza reservada, el posadero salió a disculparse. Se les habían vendido los cuartos. Con el retraso, no había forma de saber si llegarían. Les recomendó, eso sí, un sitio mejor: la Posada de la Plata, en el lado norte de la Plaza Mayor, la parte del pueblo que sí tiene faroles encendidos.
Beryl acompañó a Serafina y a Genovevo hasta allí. Apenas había un alma en la calle.
Los soldados
a un lado de la posada, bebidos y ruidosos
Un grupo de soldados de la guarnición hacía tiempo junto a la posada, borrachos y sin ninguna intención de disimularlo. A Beryl, que cumplió su servicio como cualquier hombre de este reino, le pareció mal. Se dirigió a ellos y se lo dijo.
La respuesta fue soez. Se rieron de su edad, de su acento, y le dijeron con toda claridad dónde podía irse. Genovevo y Serafina aprovecharon para meterse en la posada sin detenerse.
Mientras tanto, dentro
Alejandro
Había llegado un día antes, siguiendo el cartel de reclutamiento que lo trajo desde tierras de Soldano. Su primer descubrimiento en Vetanegra fue decepcionante: hasta el Soldi no hay nadie con quien hablar sobre alistamientos. Ni oficial, ni mesa de reclutamiento, ni nada. Así que decidió disfrutar del pueblo mientras esperaba.
Su paseo lo llevó a los rincones peor iluminados de la villa, donde un joven con espada y ganas de gloria espera encontrar algo digno de su acero. No encontró nada de eso. Solo a una mujer pidiendo limosna. Alejandro, que no sabe dar poco, le dejó una cantidad que a ella debió parecerle una fortuna. La mujer se marchó a toda prisa.
Se alojó, cómo no, en lo mejor que ofrece el pueblo. Casilda, la posadera, lo recibió con un entusiasmo que él encontró perfectamente natural. El mozo lo trató como a un príncipe y le consiguió el plato de Fermina, la cocinera: una fabada del Norte que justificaría por sí sola el viaje. Después, un puro excelente.
Alejandro, por no molestar a nadie con el humo, salió a la puerta a fumárselo.
La plaza
Y así quedaron colocados los tres, sin saberlo, a menos de veinte pasos unos de otros:
Y entonces, muy cerca, algo estalla.
La onda se siente en el pecho antes de que llegue el ruido. Los cristales tiemblan. Los caballos gritan.
Aquí lo dejamos.
Beryl de la Moisson · Serafina · Alejandro
Crónica de la primera jornada · Vetanegra, Sierra de Hierro
Sesión I · 11 de julio de 2026