Los caminos que llevan a Vetanegra
Julio de 1668De cómo tres desconocidos llegaron a la misma villa la misma noche, sin haberlo acordado.
La plata cambió la Sierra de Hierro antes de que nadie se diera cuenta. Donde antes había pastores y un puñado de caseríos, ahora hay pozos que no descansan, recuas que bajan cargadas hacia el sur y una villa que ha crecido más deprisa de lo que sabe gobernarse. Se llama Vetanegra. La guerra queda lejos, en el norte, pero se cobra su parte igual: levas, diezmos, suministros que suben por el camino real y no siempre llegan.
A esa villa iban a llegar, la misma noche y sin saberlo, tres personas que no tenían nada que ver entre sí.
Dos de ellas compartían la diligencia real desde Ávila, y compartían también el fastidio de un eje partido que les había costado media jornada. Uno era un maestro de esgrima entrado en años, nacido en Montaigne y criado en Castilla, que enseña a los niños de Fresnillo a sostener un florete y que llevaba en el bolsillo una carta con sello real que le ordenaba presentarse en Vetanegra sin explicarle para qué. La otra era una viuda vodacce de modales impecables, que viajaba con una carta de recomendación y el propósito declarado de organizar un acto benéfico en la comarca. Hablaron poco. La carretera era mala y la noche, larga.
El tercero llevaba ya unos días en el pueblo. Un joven Don de escuela Soldano que había venido detrás de un cartel de reclutamiento, con la fortuna de su familia menguando a ojos vistas y la convicción intacta de que el mundo tiene entuertos y alguien debe enderezarlos.
Ninguno de los tres eligió al otro. La diligencia entró en Vetanegra ya de noche cerrada, la posada reservada no tenía camas, y a partir de ahí las cosas dejaron de parecerse a lo previsto.
Beryl de la Moisson · Serafina · Alejandro